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La artesanía
La producción de objetos, durante siglos,
ha estado en manos, nunca mejor dicho, de los artesanos. Hay tres
características que interesa destacar de este período.
Primera: el objeto artesanal era
elaborado individualmente, no en serie, y por lo tanto había diferencias entre
objetos del mismo tipo realizados por un mismo artesano. Diferencias que podían
ser debidas a singularidades del material, al deseo del cliente, a la propia
inspiración del artesano o a su pericia.
Segunda: el artesano mantenía con el
objeto que elaboraba una relación directa y podía modificar en cualquier
momento partes del mismo.
Y tercera: la evolución de los objetos
artesanales responde a un proceso que Christopher Alexander denominó proceso
"inconsciente de sí mismo". El oficio artesanal se transmitía de
generación en generación basándose en el aprendizaje de las habilidades en el
uso de las herramientas, el conocimiento de los materiales y los modelos
formales del objeto que se estaba elaborando.
La evolución de los objetos artesanales
se produce porque a lo largo del tiempo van introduciéndose pequeñas
adaptaciones, pequeños cambios como consecuencia de nuevas necesidades o
circunstancia' distintas en el uso del objeto o en los materiales empleados.
Pero no existe por parte del artesano una consciencia de evolución. Eso es algo
que llegará más tarde con la cultura del proyecto, que tiene su origen en el
Renacimiento y que se desarrolla a partir de la Revolución Industrial.
El proceso cambia
Las tres características del proceso
artesanal de producción de objetos desaparece. Frente a la realización
individualizada de cada pieza aparece la producción en serie y con ella, la
homogeneización y el concepto del "estándar". La relación directa del
artesano con el objeto ya no existe, ahora la intermedinción de una máquina
cada vez más rápida y compleja impide que el objeto pueda ser variado o
modificado durante su fabricación. Estos dos cambios obligan a que el objeto
esté perfectamente definido antes de entrar en producción. Es decir, a que haya
un proyecto previo. Y con él se produce el suficiente distanciamiento entre la
idea y su materialización como para poder cuestionar el por qué del objeto, de
sus características, de su utilidad o de su belleza. Y así lo que nunca había
sido cuestionado, porque formaba parte de un proceso "inconsciente de sí
mismo", pasa a ser sistemáticamente analizado, puesto en duda y,
finalmente, tomado como base de todo proyecto. Ha nacido el diseño, es decir la
disciplina proyectual cuyo fin es definir las características formales y
estructurales de un objeto producido industrialmente.
Todo esto, evidentemente, no sucedió de
la noche a la manana. Más de 150 anos fueron necesarios para encontrarnos,
desde los inicios de la Revolución Industrial, con la que ha sido comunmente
aceptada como primera relación entre diseñador y empresa. Es la que en 1907
iniciaron el arquitecto alemán Peter Bebrens y AEG. El mismo año en que se
fundó la Deutscher Werkbund con el objetivo de promover la colaboración entre
artistas e industrias. Pero antes de esto, ocurrieron muchas cosas que es
necesario recordar para entender mqor qué es el diseño o, al menos, cómo es hoy
en día.
La llegada de estos nuevos modos de
producción y el consiguiente cambio en los procesos de creación de los objetos
dio lugar a la aparición de un problema nuevo: ¿qué formas debían tener estos
objetos producidos con técnicas y procesos tan distintos a los artesanales?
Durante un período inicial las industrias
imitaban las formas artesanales que les habían precedido, sin considerar que
las nuevas técnicas podían requerir otras soluciones. Las formas simples y
geométricas impuestas por las nuevas tecnologías eran consideradas de mal gusto
y disfrazadas bajo recargadas carcasas de estilo o bajo una profusión de
ornamentos superficiales. Los objetos así producidos manifestaban un
anacronismo formal y una incoherencia estructural que fueron denunciadas por
intelectuales, arquitectos y artistas de la época, preocupados por la pérdida
del buen gusto tradicional. Entres ellos destacaron especialmente Pugin, Morris
y Ruskin quienes, dentro de la corriente del socialismo utópico, abogaban por
la vuelta a la vida rural, frente al desarrollo caótico de las ciudades, y por
el rechazo a la máquina como causante de todos los males sociales y de la
regresión ética y estética.
Su resistencia fracasó, pero
paradójicamente fueron los primeros en poner las bases de lo que sería el
movimiento moderno, al defender la sencillez de las formas y su adecuación a la
función que han de cumplir, poniendo como modelo las formas de la naturaleza.
"Lo útil es bello", "la
forma sigue a la función" y "menos es más" son las tres
sentencias que definen y resumen la esencia del movimiento moderno, tanto en
arquitectura como en diseño. El racionalismo y el funcionalismo acabaron
definitivamente con el ornamento y se constituyeron como doctrina de un diseño
que debía ser la base del progreso, de un mundo mejor y de un universo de
objetos útiles y bellos al alcance de todo el mundo.
Esta nueva utopía generó la época dorada
del diseño, con la Bauhaus como referente más señalado, e invistió a la
profesión de un aura casi mesiánica y de una responsabilidad frente a la
cultura, al progreso y a la sociedad que todavía hoy perdura y que conviene
analizar.
El diseño como cultura
El diseño es sin duda un fenómeno
cultural. Desde la libertad creativa del proyecto el diseñador nos propone
nuevos modos de uso, o nuevos referentes simbólicos, invitándonos con ello a
establecer unas relaciones distintas con el entorno doméstico o urbano. El
diseño es, además, quien configura en toda su variedad el universo de los
objetos artificiales que responde en cada momento a las características
culturales, políticas y sociales de la sociedad que lo crea y que es, a su vez,
uno de los medios a través de los cuales nos relacionamos y comunicamos los
seres humanos.
Nacho Lavernia / Manuel Lecuona: Gestión
del Diseño, en El valor del Diseño, Gráfico e Industrial. ADCV, 2000







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